Este espacio abre el proyecto y nos invita a comenzar el proceso.
Identidad
Artículo del filósofo invitado:
Abel Rafael Rubio Aisa
Cuando me propusieron participar en este coloquio me informaron que trataría sobre la noción de identidad, por eso he creído conveniente observar cómo empleamos dicha palabra en su uso cotidiano para situarla y ver qué se desprende de la misma.
Cuando acudimos a un diccionario en busca de ayuda para conocer los usos comunes de la palabra que nos ocupa y hacernos una idea de su significado, encontramos varias acepciones, entre las cuales destacamos dos: identidad como el «conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás» e identidad como la «conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás».
Estas dos definiciones que parecen materialmente iguales difieren en un matiz fundamental: la primera acepción está predicada objetivamente, esto es, nos informa de lo que la cosa es en virtud de sus atributos (sus propiedades; los predicables de la cosa), o lo que es lo mismo, se está entendiendo la identidad como la definición de la cosa que nos permite discriminarla suficientemente (la definición es en sí misma un criterio de demarcación) de otra; mientras que la segunda acepción ofrece un predicado subjetivo, esto es, nos informa de aquello por lo que la cosa se tiene a sí, o lo que es lo mismo, se entiende la identidad como conciencia de sí.
Por la naturaleza de la charla que nos ocupa a nosotras nos va a interesar particularmente esta segunda acepción de identidad. Ahora ya tenemos una primera idea de lo que sea la identidad, véase aquello por lo cual alguien se tiene a sí y en virtud de la cual se puede diferenciar del resto.
No paramos de referirnos a nociones oscuras como «conciencia de sí» o «tenerse a sí», pero, ¿qué es lo que se esconde tras esos «de sí» y «a sí»; a qué refieren tales fórmulas oscuras? ¿Quién se tiene a sí? En la pregunta por quién ya se despejan buena parte de nuestras dudas: el quién que se tiene a sí es un yo.
Ahora a nuestro intento por arrojar algo de luz sobre la noción de identidad le surge un nuevo contendiente no menos oscuro, el yo. Tratar de definir adecuadamente qué sea el yo, el ego, es una de las tareas más arduas y fascinantes de las que se ha de ocupar la Psicología1, y supera con mucho todo lo que aquí podamos decir, que no dejará de ser una mera tentativa siempre grosera. A grandes rasgos podríamos decir que el yo es una de las condiciones de posibilidad del conocimiento, esto es, no podemos hablar de conocimiento sin referirlo (enlazarlo) a un yo que conozca, el cual opera como el suelo sobre el que este se asienta y crece todo conocimiento posible: pensad en un llavero que reúne una 1Doctrina del alma, en la actualidad, doctrina de la mente. Rama de la Metafísica especial dada la ausencia de un objeto positivo.
La psicología empírica como oxímoron. El Conductismo no es una psicología empírica, es una rama aplicada de la Etología que se ocupa del carácter humano, cuya determinación consiste en la cartografía de sus acciones: en tanto que tiene en sus acciones su objeto de estudio y estas son positivas, objetivas, están sujetas al análisis y hacen de la disciplina una ciencia empírica.
1 diversidad de cosas que por separado carecerían de sentido (desorden semántico) pero que juntas adquieren un sentido definido. Ya tenemos una idea más o menos clara de lo que es el yo: aquello que sirve para unificar lo diverso y que permite que esto diverso cobre un sentido unitario, ahora bien, para el caso que nos ocupa, ¿qué es esta unidad resultante de la diversidad aglutinada por el yo? Es lo que antes hemos denominado identidad. La noción de identidad vuelve a salirnos al encuentro, pero en esta ocasión surge bajo una luz renovada: ahora sabemos que se trata del resultado de una diversidad de elementos referidos a un yo que los unifica.
Estos elementos pueden variar, y es de esperar que con ello la identidad también pueda estar sujeta a cambios, por ello podemos hablar de casos de cambio de identidad, pérdida de identidad, ausencia de identidad, y cuando los elementos que constituyen la identidad son materiales (corporeizados) podemos hablar de casos de suplantación de identidad, etcétera. A nosotras nos interesan especialmente los primeros casos.
Seguramente todas nosotras podemos decir que hemos cambiado de identidad en algún momento de nuestra vida, no tiene por qué tratarse de algo drástico, a lo mejor ayer estábamos conformes con unas determinadas ideas que nos definían, pero que con el tiempo se han mostrado falsas, a raíz de lo cual las hemos abandonado por otras nuevas que ahora nos definen.
Cambiar de identidad no sólo no es algo malo sino que nos permite seguir siendo compatibles con el mundo. Por ejemplo, quizá en el pasado sostuvimos alguna opinión que ha envejecido mal y cuando lo recordamos, ya sea porque alguien nos interpela o porque nos vemos representadas en otra persona que sostiene esa opinión ya superada, sentimos algo así como incomodidad, vergüenza o arrepentimiento: tales sentimientos, aunque se nos presenten bajo una forma negativa, son buenos en el sentido de que demuestran un reconocimiento doble que es marca del progreso; yo fui así… pero ya no lo soy.
Aquel que es incapaz de cambiar de identidad está destinado a ser superado por el avance del mundo, al cual en el mejor de los casos podemos acompañar durante un tiempo, pero que irremediablemente nos deja atrás a todas.
Vemos cómo la identidad es algo fluido, que encuentra su bien precisamente en la capacidad de renovarse para amoldarse a las nuevas situaciones y exigencias del mundo, y que cuando tal capacidad de actualizarse se pierde es cuando se produce un desajuste con el mundo que puede dar lugar a una crisis de identidad, generalmente representada bajo la forma el mundo no está hecho para mí, precisamente porque la falta de reconocimiento impide ubicar el foco del problema en la propia identidad.
A continuación pasamos al que quizá sea el caso más interesante que nos ocupa, aunque todavía no el peor escenario: la pérdida de identidad. Acabamos de hablar del caso de aquel que es incapaz de cambiar de identidad.
Ciertamente, aquella persona está en posesión de una identidad que ya no se puede conciliar armónicamente con el mundo, lo que genera una tensión entre los dos polos: o bien el mundo sufre por la presencia de un reaccionario que se niega al cambio o bien la persona de identidad rígida sufre porque ya no es capaz de convivir tranquilamente en el mundo, ahora bien, ¿qué pasa cuando es el propio mundo el que nos arrebata la identidad? Pensemos por ejemplo en el caso de una madre orgullosa de serlo y que por azares de la vida sufre la desgracia de perder a su hijo, ¿qué podemos esperar de esa persona que hasta ahora se entendía de una forma que le ha sido negada, arrebatada por el mundo? Quizá hayamos recurrido a un caso extremo de pérdida de identidad, pero creo que los factores implicados han quedado claros: la autopercepción de una persona está mediada por unos elementos que se han visto suprimidos, lo que nos pone en una situación de desnudez y desamparo al perder aquello que nos permitía interpretarnos. El espejo que somos ya no nos devuelve la imagen que teníamos por nuestra y a la que llamábamos yo.
Ahora vagamos por el mundo con la mala conciencia de sabernos un yo que ya no se tiene a sí, situación que exige su propia resolución: o bien dejar de ser un yo y ser historia, o seguir siendo un yo que se arrogue la tarea siempre ardua de conquistar su sí-mismo, o lo que es lo mismo, hacer historia.
Los casos de pérdida de identidad siempre son traumáticos pero resultan especialmente interesantes por la cuenta que nos trae: pensemos en mujeres que han vivido el grueso de su vida bajo regímenes totalitarios que imponían un tipo de represión que ha conformado el desarrollo y la expresión de su identidad y que al ser derrocados se les impone la tarea de volver a aprender a vivir; o al contrario, mujeres que han tenido la suerte de vivir en un régimen de libertades y que por el devenir de la política se han visto víctimas de la opresión; mujeres que han tenido que abandonar sus países de origen, donde ya tenían una vida hecha y estaban socialmente integradas, pero que buscando una vida mejor han tenido que migrar y se han descubierto en un nuevo lugar con una nueva vida.
Todos estos escenarios pueden inducir una misma pregunta que surge con ocasión de la constatación de una pérdida: ¿y yo quién soy? Obsérvese la diferencia sustancial entre el cambio de identidad y la pérdida de identidad: en el primer caso el mundo se nos presentaba como una tensión, pero podíamos seguir descansando sobre la identidad pasada, por muy insoluble que fuera en el nuevo mundo, aquí es el propio mundo el que nos arrebata por diversos motivos la identidad y nos pone en la situación de tener que construir una nueva, situación parecida a la que tendrá que vivir aquel que ocupe el peor escenario posible, la carencia de identidad. Recordemos cómo habíamos caracterizado la identidad.
Habíamos dicho algo así como que era aquello por lo cual alguien se tiene a sí. Entonces, ¿la carencia de identidad supondrá 3 la incapacidad del yo para realizar esa síntesis de los contenidos diversos referidos a sí que antes mencionábamos? Entender la carencia de identidad de esa forma nos pondría ante el caso de una patología grave que requeriría atención, estaríamos ante el caso de alguien que no podría decir «yo», o que por lo menos tal expresión sería un significante vacío, carecería de contenido. La carencia de identidad no debe ser entendida como una incapacidad para trazar identidades, sino más bien la incapacidad para reposar tranquilamente en estas.
Lo propio de la carencia de identidad es el nerviosismo, la ansiedad y la turbación que acompañan a la expresión del yo; es el yo que se pronuncia débilmente y que va acompañado de la negatividad que suele adquirir la forma del no-basta, del no-es-suficiente o del imperativo debo. La carencia de identidad es uno de los males que asola la vida contemporánea y que está corroyendo nuestras instancias psíquicas.
Nunca antes ser un yo había sido una tarea tan complicada, ¿pero por qué esto es así? Debemos entender que la síntesis de lo diverso efectuada por el yo y referida a sí mismo que es constitutiva de la identidad no es algo inmediato, sino que es un proceso desplegado en el tiempo.
El yo que (me) soy se ha fraguado con el tiempo, y más concretamente, con la reflexión que sólo se puede producir a lo ancho de este. La reflexión es la actividad por medio de la cual hacemos comparecer lo externo (no reflexionado) ante nosotros. Aquí externo no debe ser entendido en un sentido espacial, como si hubiera un afuera que es llevado a un adentro, sino como un método de transitividad apropiadora: esto que antes me era ajeno, en el comparecer ante mí entra en contacto conmigo y se hace en cierto modo mío.
Podemos entender mejor cómo opera la reflexión cuando pensamos en el estudio, esto es, cuando hemos tenido que aprender algo para por ejemplo un examen: si simplemente nos limitamos a memorizar la lección para pasar una prueba, como por ejemplo un test, tan pronto acabe el interés que teníamos por la cosa memorizada esta degenerará, pero si tenemos un interés genuino en la cosa a estudiar no nos limitamos a memorizarla, la hacemos nuestra, nos la apropiamos, la reflexionamos y pasa a formar parte de nosotros, de lo que nosotros somos, y podemos disponer de ella con mucha más suficiencia que cuando depende de la memoria.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando hemos tenido que estudiar algo sin el tiempo adecuado para ello, o cuando el ambiente de estudio no era el adecuado, bien sea porque algo en exterior lo impedía o porque nosotros no estuviéramos bien? Los resultados eran en el mejor de los casos parciales, y en el peor desastrosos; sea como fuere, la insatisfacción se nos aparecía como una constante. Pues bien, algo así sucede en el caso de la carencia de identidad: encontramos un ruido en el exterior, como lo pueda ser el exceso de información, el estrés que genera la vida laboral, la incertidumbre por saber si vamos a poder estabilizar nuestra situación, lo que se traduce en 4 una incapacidad para poder reflexionarnos y con ello surge un nuevo tipo de ruido, el ruido mental, que como ya hemos dicho se caracteriza por la adquisición de una forma negativa o imperativa (negatividad con falsa apariencia de positividad) a la que siempre subyace lo mismo: la insatisfacción.
Detectamos aquí una necesidad de tenerse a sí que no logra resolverse satisfactoriamente, y como bien experimentamos constantemente, siempre que hay una necesidad surge una oportunidad de mercado para satisfacerla, ¿qué mercancía se pone a disposición de estos necesitados y quiénes son los oferentes? Se oferta la promesa de un sentimiento identitario, y lo ofrecen los gurús, los charlatanes, los sectarios, las bandas y otro sinnúmero de competidores en esta deshonrosa carrera de captación.
Por supuesto que un sentimiento de identidad no es propiamente una identidad, a lo sumo es una identidad de prestado, algo que no es propio sino ajeno, externo (ahora sí en sentido espacial), de otro, y por lo tanto algo no reflexionado, no apropiado, impropio, que jamás puede ser constitutivo de un verdadero yo entendido como un mí-mismo, sino de una apariencia de yo, y por lo tanto, una falsedad.
La reproducción de un cuerpo de ideas no reflexionadas, impropias, como si fueran propias es lo que comúnmente denominamos enajenación, alienación o inautenticidad, y son una forma perfecta de perpetuar la miseria. Por todo ello sólo hay un consejo que me pueda sentir legitimado a dar: piensen el mundo, piénsense a ustedes mismas y, sobretodo, tengan la valentía de darse tiempo.
